Escritores: el precio del éxito

Galardones literarios, reconocimiento público, un enorme número de lectores, un ejército de seguidores fieles, la máxima difusión de su obra… Todo esto, además de dejar la huella imborrable de su propio nombre entre los grandes de la literatura, es a lo que aspiran la mayoría de escritores que quieren llegar a ser grandes. Sin embargo, la fama y la exposición pública pueden resultar también un aciago premio difícil de digerir y, en ocasiones, incluso un arma de doble filo que puede acabar con la carrera de un escritor.

A pesar de este riesgo, tanto editoriales como escritores se vuelcan siempre para llegar al mayor número posible de lectores, pues no hay que olvidar que el éxito del libro es la base del negocio editorial. Tanto si se trata de una pequeña editorial que intenta consolidar a un autor emergente con una pequeña tirada de su primer gran éxito, como si una gran editorial lanza su enésimo best seller llevando cientos de miles de ejemplares a las librerías, la presión del éxito recae en todo momento sobre el escritor y su editorial. Y esta presión y las expectativas de crítica y público pueden afectar de manera determinante a los escritores.

Algunos autores, sin embargo, afirman sentirse cómodos con el éxito, y manejan esa presión en su beneficio. Aunque su caso se aproxime más a la excepción que a la norma, entre ellos se encuentran nombres tan conocidos como Ken Follet o Ildefonso Falcones, quienes a pesar de haber tocado techo con sus respectivas obras sobre la construcción de catedrales, siguen contentando a su público con cada nuevo título que estrenan y alimentándose de esa presión para seguir creciendo. Al fin y al cabo, son los gajes del oficio.

Superados por la fama

holmesLa fama puede llegar a ser, de hecho, un factor determinante en la actitud de un escritor, e incluso en lo que llega a escribir y en el camino que siguen sus obras y sus personajes. Las exigencias y las expectativas de los lectores pueden someter a los autores a una presión psicológica tan extrema que en muchos casos los lleva a apartarse de la sociedad en busca de un retiro espiritual que les permita desarrollar su proceso creativo sin injerencias externas. Es este el caso, por ejemplo, de Virginia Woolf, que pasaba largas temporadas en una cabaña sin baño ni electricidad en plena campiña inglesa para llenar las páginas de sus libros. También en una cabaña se aisló J. D. Salinger durante años tras el tremendo éxito cosechado con El guardián entre el centeno. En su caso el objetivo era ocultarse de sus lectores y de la prensa, aunque su aislamiento no resultase tan prolífico.

Destacamos también el caso de sir Arthur Conan Doyle, quien tuvo que soportar una tremenda presión popular en torno a sus decisiones sobre su personaje estrella, su querido Sherlock Holmes. Harto de la fama del detective, Doyle decidió quitar la vida a su personaje en las cascadas de Reichenbach, derrotado por su archienemigo Moriarty en El problema final. Ante esta revelación, que causó gran agitación social y revuelo, sus seguidores ejercieron tal presión que poco más tarde el escritor inglés se vio obligado a revivir al detective en su siguiente obra, El regreso de Sherlock Holmes.

También encontramos el caso de los escritores que se han visto superados por el éxito de una obra y no han sido capaces de continuar su carrera con la brillantez esperada. Destaca en este aspecto el caso de la autora de la saga Harry Potter, J. K. Rowling, quien tras su primer fracaso posterior a los libros del joven mago, decidió adoptar un seudónimo para seguir publicando sin tener que soportar la enorme presión de su nombre. También aquí podemos citar a otras dos autoras que han tenido una difícil transición después de sus grandes éxitos: Stephenie Meyer, quien ha tenido una salida complicada tras la saga Crepúsculo con The Host, o E. L. James, que aún tiene por delante el reto de afrontar la vida después de sus Cincuenta sombras.

Con la serie en los talones

Otra situación, probablemente una de las más estresantes posibles para un escritor, es la que padece actualmente George R. R. Martin. El creador de la saga Canción de Hielo y Fuego, más conocida como Juego de Tronos, está viendo cómo la serie de TV basada en sus libros, con millones de espectadores en todo el mundo, le pisa los talones con la línea argumental. De hecho, la quinta temporada de la serie ya relata hechos que aún no se han publicado en los libros, nana-animey es que el escritor es de ritmo lento a la hora de publicar (cinco años entre las dos últimas entregas de la saga). Así pues, ahora a la presión de sus editores se suma el ejército de millones de fans deseosos de leer los dos últimos libros de esta apasionante historia y también los espectadores de la serie, ávidos de más temporadas de unos personajes cuyos destinos aún no han sido plasmados en papel.

Por último, hay que remarcar que estos casos también se dan fuera del ámbito de los best sellers. En el mundo del manga destacamos lo sucedido con la escritora Ai Yazawa, una dibujante muy popular en Japón que dejó inacabada la historia de Nana, una novela gráfica que tenía enganchados a millones de jóvenes nipones y del resto del mundo. Como en el caso de Martin, su obra también fue llevada a la pantalla, pero superada por una creciente presión popular que le llevó a sufrir una fuerte depresión y graves problemas de salud, la autora se vio obligada a dejar la historia inacabada. Y es que hay veces en que los personajes de los libros, y la fama que los rodea, superan las expectativas, y también la capacidad de aguante de muchos escritores.

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Editor y administrador de la Revista Nuevas Letras, estudió Periodismo y trabajó en la Unidad de Documentación, Archivo y Registro de la UMH. Viajero apasionado, lector crítico, y amante del periodismo, el diseño y la comunicación.
Publicado en: ARTÍCULOS

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